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Del Pato Donald al algoritmo. Armand Mattelart y la caja de herramientas para comunicar con criterio.

El reciente fallecimiento de Armand Mattelart es el pretexto para hablar de él hoy aquí, aun cuando sus lecturas siguen plenamente vigentes en nuestros programas de trabajo. No se trata de un homenaje rutinario, sino de volver a un conjunto de herramientas críticas que permiten comprender cómo se articulan medios, plataformas, vigilancia y democracia. Mattelart, sociólogo belga-francés con una larga estancia latinoamericana, enlazó algo que rara vez se piensa al mismo tiempo: el análisis de los mensajes (lo que dicen las noticias, las series, los cómics) y la anatomía del poder (quién posee los medios, qué regula el Estado, qué intereses organizan las redes de información). Por eso importa y conviene leerlo: porque enseña a pensar la comunicación como un sistema vivo donde las historias no flotan en el aire, sino que se escriben desde posiciones, mercados y políticas.

La primera gran sacudida llegó con Para leer al Pato Donald (1971/72), escrito con Ariel Dorfman. No es un panfleto “contra Disney”; es una lectura crítica que muestra cómo un cómic aparentemente inocente puede reproducir jerarquías de clase, género y centro–periferia. La lección práctica es clara: desnaturalizar la “inocencia” del entretenimiento. Operativamente, supone pasar cada pieza por un filtro de preguntas—¿quién habla y desde dónde?, ¿a quién se caricaturiza o se borra?, ¿qué marcos y estereotipos se repiten?—y documentar con ejemplos concretos las decisiones de encuadre, el lenguaje visual y los silencios. Aplicado a coberturas, campañas o investigación de audiencias, ese método permite diagnosticar sesgos, proponer correcciones y justificar por escrito por qué se incluyen o excluyen ciertos recursos narrativos.

Tras el golpe de Estado en Chile en 1973, Mattelart continuó su trabajo en Francia y profundizó la idea de la “comunicación-mundo”: la historia de cómo empresas, gobiernos y tecnologías tejen un sistema global de flujos simbólicos. En La comunicación-mundo. Historia de las ideas y de las estrategias se encuentra un mapa que explica por qué ciertas agendas cruzan fronteras con rapidez y por qué otras apenas circulan. Convertida en práctica, esta mirada se traduce en tres hábitos: 1) auditar la propiedad de los medios y plataformas involucrados en cada tema (quiénes son los dueños y qué otras industrias operan), 2) rastrear las rutas de distribución (agencias, agregadores, programaciones algorítmicas) y 3) transparentar los conflictos de interés relevantes en cada pieza informativa o campaña. Con ese triángulo—propiedad, circulación, conflictos—se pasa de opiniones vagas sobre “concentración” a informes verificables que explican cómo se produce y se mueve la información.

Otra puerta de entrada—fundacional para ordenar el campo—es Historia de las teorías de la comunicación, escrita con Michèle Mattelart. No es un listado de apellidos; es una cartografía que explica por qué surgen ciertos modelos (informacional, funcionalista, crítico, cultural), cómo dialogan y qué problemas intentan resolver. En términos aplicados, habilita protocolos híbridos: combinar métricas (alcance, frecuencia, conversión) con análisis cualitativos de marcos y con preguntas por acceso y desigualdad. Al evaluar un proyecto de comunicación, no basta un dashboard: se acompaña con una matriz de efectos simbólicos (qué identidades se representan y con qué roles; qué conflictos se hacen visibles; qué actores quedan sistemáticamente omitidos) y con un anexo sobre condiciones materiales (brechas de conectividad, lenguas, barreras regulatorias).

Con el cambio de siglo, Mattelart nos dejó dos brújulas imprescindibles para la era de plataformas e inteligencia artificial. En Historia de la sociedad de la información desmonta la promesa tecnoutópica que reduce los problemas sociales a “conectividad” y “datos”, recordando que los sistemas de información tienen genealogías, intereses y geografías. En Un mundo vigilado recorre el crecimiento del complejo de vigilancia—de cámaras a bases de datos y biometría—y sus efectos sobre derechos y vida cotidiana. Traducido a acción, esto pide: mapear la huella de datos de cualquier proyecto (qué datos se recogen, con qué base legal, dónde se almacenan, quién accede y bajo qué controles); evaluar riesgos para públicos y fuentes (perfilado, reidentificación, represalias) y definir medidas de mitigación (minimización de datos, ofuscación, consentimiento significativo, políticas de retención y borrado). En comunicación institucional, supone revisar proveedores y contratos de nube; en periodismo, extremar protocolos de seguridad de fuentes y explicar con claridad qué se sabe y qué no sobre el uso de tecnologías intrusivas.

Conviene subrayar, además, algo biográfico que también es una metodología: Mattelart pensó América Latina desde América Latina. Su trabajo en Chile marcó una forma de preguntar “desde el Sur”, conectando lo local con lo global sin inferiorizar experiencias. Aplicado a proyectos concretos, esto implica situar los problemas: hablar de plataformas, sí, pero también de tarifas, conectividad real, lenguas, desigualdades territoriales y memoria histórica; investigar conglomerados, sí, pero también cooperativas, medios comunitarios y experiencias de comunicación popular. No se trata de adoptar dogmas, sino de ejercitar un modo de atención que combine historia, economía política y análisis cultural para no perder de vista lo esencial: quién se beneficia, quién queda fuera y qué mundos se construyen con nuestros relatos.

El legado de Armand Mattelart persiste cada vez que se cuestiona la “neutralidad” de un algoritmo, se investiga la trama empresarial detrás de una cobertura o se diseñan narrativas más justas y complejas. Si se le lee—y, sobre todo, si se le usa—, no se estudia solo teoría: se afinan las herramientas con las que, día a día, se disputa la calidad democrática de la comunicación. Obras como Para leer al Pato Donald, La comunicación-mundo, Historia de las teorías de la comunicación, Historia de la sociedad de la información y Un mundo vigilado pueden acompañar ese trabajo continuo. Más que un autor para archivar, Mattelart es un método para seguir pensando en serio cómo vemos, decimos y compartimos el mundo.

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